Según cuenta la historia oficial, los hechos sucedieron de esta manera:
“Hace mucho tiempo, un dragón terrible atemorizaba a los habitantes de un pueblecito de Cataluña llamado Montblanc. El dragón causaba estragos en la población y devoraba a los animales de pasto de la aldea. Para calmar la ira del dragón, los habitantes decidieron que cada día sacrificarían a una persona, escogida por sorteo, y la ofrecerían al dragón como señal de buena voluntad.
Pero un día en que reinaba la oscuridad, la persona que se iba a sacrificar era la hija del rey. Cuando el dragón la iba a engullir apareció un hermoso caballero para enfrentarse a la bestia malvada. Era Sant Jordi, que le clavó su lanza, y de la sangre del dragón surgió un rosal con rosas bien rojas.”
(http://www.bcn.cat/stjordi/es/llegenda.html)
Pero lo que nadie sabe es lo que realmente aconteció, eso que ningún aldeano/a se atrevió a contar o recordar.
Ya la princesa había sido una muchacha extraña desde pequeña. Su idea de sentirse a gusto consigo misma antes que fingir ser como no quería ser, es decir como el resto de chicas, en una época en la que las hijas de los reyes casi no tenían consciencia de su propia personalidad, la empujó a un estado de soledad permanente, aunque a ella esto le entusiasmaba, más que sumirla en la amargura. Le encantaba, disfrutaba enormemente pensando en sus cosas, sus sentimientos, que no podían compararse con los de otras, simplemente porque eran suyos, suyos nada más.
A veces por un momento sentía la desgracia de compararse con el resto, posiblemente en un impulso de acercarse un poco a las muchachas normales que ella veía constantemente en la aldea. Se imaginaba dentro de ese mismo deleite al compartir risas y secretos o sueños posibles, que cupiesen dentro de un mundo real al que no estaba acostumbrada a enfrentarse. Pero después volvía a su refugio mental, cerraba los ojos y cualquier otro sentimiento ajeno a ella, no le reportaba ni una cuarta parte de satisfacción de lo que experimentaba con los suyos. Estaba sola y percibía el mundo así.
Un día apareció el dragón otra vez. Era el mismo que había estado comiéndose la las ovejas y destrozando el pueblo. La gente estaba atemorizada. El rey también. Se reunieron y entre todos alcanzaron un acuerdo. Si el dragón se comía al rebaño posiblemente dejaría a los lugareños sin nada para comer, lo que provocaría aún más muertes. A partir de ahora si el animal tenía hambre, le darían una persona, una cada día, con tal de que cejase en sus ataques al pueblo.
Las primeras semanas fueron duras, claro que sí. Cada día, y siempre por sorteo, una persona se adentraba en el bosque y desaparecía para siempre. Las familias lloraban la pérdida de los seres queridos, pero al menos el resto del pueblo podía comer.
Hasta aquel día...
El rey no pudo negarse, y la princesa tampoco. Todo el pueblo había participado renunciando a algo querido, no era justo que el monarca eludiese esta responsabilidad.
Y llorando por el disgusto, la princesa desapareció en el bosque, pero no para morir físicamente, sino para cambiar la historia, en concreto, la suya propia.
Cuando el dragón estuvo cerca de ella, justo acercándose y pensando que se la comería, la princesa cerró los ojos y sin quererlo se puso a temblar. Pero el dragón se tumbó delante de ella y esperó a que se calmase. La princesa abrió los ojos para darse cuenta de que no quería hacerla daño, sino rescatarla. Rescatarla del pueblo, de la mediocridad y de la alienación a la que la habían tenido sometida, derivada en la perpetua soledad que ella había aprendido a amar.
Estuvieron hablando mucho tiempo; de todo, del mundo, de la vida, del hombre, del pueblo...
A la princesa le gustaba el dragón, sentía que la entendía como nadie, pensaba como nadie y odiaba y amaba de la misma manera que ella.
Tan metidos estaban en la conversación que no se dieron cuenta de que un caballero se acercaba hacia ellos. El caballero tenía en mente matar al dragón y esperaba que la princesa aceptase casarse con él si lo conseguía, liberándola del monstruo. Nada más encontrarse casi a su misma altura les habló:
- ¡Princesa!, ¡oh princesa, no temáis!, mataré al dragón y pediré vuestra mano en santo matrimonio. Viviremos felices en palacio y nunca más tendrás que preocuparte por nada, puesto que tu apuesto caballero dará la cara siempre por ti...
- ¿Este gilipollas es amigo tuyo?
- No, que yo sepa...
- ¿Te importa si me lo como? Estoy hambriento...
- No, que va. Adelante...
- Estoy muy orgulloso de ti por ser tan valiente, muchacha, incluso antes de entablar conversación conmigo y pensando que te daría muerte has tenido el coraje de venir sola hasta mí. Tienes valor y veo que puedes arreglártelas sola. Como muestra de respeto hacia tí, una parte de mí permanecerá contigo eternamente para protegerte del mundo y sobre todo del hombre.
- Recuerda, cada vez que te sientas indefensa, saldré para protegerte, no importa cual sea el peligro... Nadie será capaz de hacerte daño...
FIN